Talleres
¡Vida infinita! ¡Milagro! ¡Lo hemos conseguido! ¡Le he dado de comer y ha renacido, revivido! ¡Se ha reactivado! ¡Ya puedo crear vida! ¡Vida infinita!
Esta suele ser la respuesta emocional de quien se pone a cultivar, por primera vez, una masa madre en casa. Masa madre: incluso su nombre es ya de por sí muy atractivo, llevándonos con solo nombrarla por los caminos hacia el origen, lo primigenio. De ahí, sí, surgió todo, y el hombre (en este caso a través de los egipcios) descubrió que la masa compuesta de harina y agua, si se la dejaba un tiempo a una temperatura adecuada (la misma en la que tú y yo estamos a gusto en casa mientras leemos un libro), fermentaba llenándose de burbujas, alcoholes, dióxido de carbono, ácido láctico y acético, y un aroma embaucador del cual ya no quiso desprenderse. Más agua, más harina, un poco de sal, daban como resultado un pan fermentado, con volumen, miga, alveolos, corteza y un sabor indescriptible. Hasta entonces solo existían los panes planos, llamados ácim
La Habitación Saludable · 26 de abril de 2016